Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso.
Pero embriagarse, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense.
Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despierten y pregunten al viento, a la ola, a la que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento y la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán:
"¡Es hora de embriagarse!"
Para no ser esclavos martirizados del tiempo,
¡embriáguense, embriáguense sin cesar!
De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.
Charles Baudelaire (1821-1867)
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