Hace mucho que me vengo planteando qué es el periodismo hoy para nuestra sociedad, el trato que se hace del oficio, y no sólo en Argentina, sino en gran parte de Latinoamérica, sobre todo luego de algunas conquistas que se fueron dando con la pronta aplicación de la Ley 26.522 "Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual".
A partir de esto, y del desconocimiento de muchos sectores que aún así se animan a hablar del tema en base a lo que escuchan y desconocen la práctica en síl, me plantee que el periodismo está pasando por una etapa bastante crucial en donde el periodista ya no tendría la tarea de informar, sino de analizar a los demás medios (como profesional competente ante tal necesidad) y educar a la sociedad de cómo ha de informarse. Entonces, en esta reinvención del periodismo cómo oficio, en donde en rol ahora parece ser otro, los jóvenes que estudiamos tal carrera, debemos replantearnos entonces esta función y decidir cómo ejercerla de la mejor forma.
Y con tanto barullo y descernimiento hacía el periodismo, la pregunta es: ¿El periodismo de hoy perdió credibilidad o nunca la tuvo?
Hace muchos años, en el Siglo XVIII, se decía que los medios eran el cuarto poder debido a la importancia que había tomado la prensa con su influencia directa en la opinión pública (algo que mucho no cambio). Más tarde, en la modernidad y con la caída de los relatos, muchos críticos comenzaron a reflexionar que la prensa no se limita a reflejar la opinión pública, sino que puede crear esa misma opinión pública proporcionando la información necesaria desde el medio a la sociedad y que esta misma pueda ejercer con el total de sus capacidades el derecho al análisis.
Ahora que hicimos un review de esos "años dorados de la prensa", podríamos hablar de un momento de regresión en el sentido en que hoy los medios para ejercer influencia en la opinión pública se toman atribuciones que rozan el mal uso de la ética periodística refugiándose en la democracia, como si tal derecho les atribuyera tal credibilidad.
Hoy, la ética periodística, que debería de ser infalible, está en cuestión. Y la sociedad o el ecosistema de medios, está tan cegado en sacar a la luz tormentosas luchas de clases tapadas de un severo morbo que esconden las grandes corporaciones de empresas mediáticas que buscan redibilidad a causa de plata mal habida y compra de poderes.
No sé cuanto nos faltará por aprender, ni cuánto nos cortará esta batalla cultural, no pretendo tampoco que sea una lucha de poderes (como se ve desde afuera), pero sí, que se haga justicia sobre esas palabras que trasforman en verdades y que no son más que sombras de una sociedad que se cree marginada porque no se siente parte.
Esta en tela de juicio hoy no sólo las prácticas políticas de nuestro gobierno, sino también las formas en que son discutidas esas prácticas, en donde todos se creen politólogos y libres de opinar. Tal vez, deberíamos también replantearnos está cuestión y que el juego de la “libertad de expresión”, la “democracia” y el “yo también tengo derechos”, no nos juegue en contra y nos quedemos en la mera queja. La idiosincrasia de una sociedad egoísta que acarrea la burla de los´90.