viernes, 29 de junio de 2012

Cuando esa música que fue tu alegría... ahora es melancolía...

Hubo un momento de mi vida, hace unos años, en que lo único que me salvo, además de la compañía de mis amigos, fue mi pasión por la danza, y más precisamente, por el flamenco que siempre lo sentí en mi sangre gitana.
Nunca olvidaré mis ganas de ir a esas clases sin importame nada, ni el frío ni el calor, ni la tierra ni la distancia... como hoy son los pretextos que suelo poner cuando no me dan ganas de salir... Tal vez, sea porque fue un compromiso que asumi, porque tenía un objetivo que cumplir o como yo creo, fue simplemente porque es una de las pasiones más fuertes que puedo sentir.
Y ahora, cuando escucho esa melodía, esas que de pronto ponen una sonrisa n mi rostro y me alegran el día (porque aún lo siguen haciendo), también, en días com hoy por ejemplo, logran que se me escapen unas cuantas lagrimas extrañando esos momentos en que la danza era mi mundo. Y hoy tengo tantos mundos que de pronto me doy cuenta que la danza ya ni siquiera forma parte de mi mundo... (aunque en mi corazón siga palpitante el amor, porque es real).
Indescriptible es, claro que sí, estas ganas insuperables de subirme ya a un tablao y dar lo mejor de mi, o simplemente ponerme mi pollera con vuelos, mis zapatos y comenzar a bailar, ¡cómo puede ser que no halle el momento! Y es así como hoy, y ya no es la primera vez, me dio un ataque de melancolía de saber si algún día volveré a hacer de la danza mi mundo... o al menos volver a dedicarle unas cuantas horas por semana porque realmente extraño esto como nada en el mundo.
El flamenco es mi refugio. El flamendo es mi guía. El flamenco enamorá.

domingo, 24 de junio de 2012

El encanto dominguero.

Hay días en los que pienso que no debería pensar más en días como hoy. El encanto del domingo, apesta. 
Cada fin de semana es igual, mientras mamá se levanta temprano a arreglar la casa para que esté en condiciones de recibir visitas, yo duermo hasta tarde. Papá toma mates y mientras desayunan juntos, ella té o café en el invierno, "conversan de sus cosas", a veces se caldea el asunto, porque tocan temas que a uno de los dos no les gusta. (Yo creo que lo hacen de gusto para no aburrirse y entonces, buscan motivos para disgustarse). Cuando eso pasa, los levantes de voz logran despertarme pero yo sigo durmiendo. 
Luego, papá enojado sale de la cocina y camina por la casa encontrando motivos para no volver a cruzar a mamá hasta el almuerzo. Ella se queda en la cocina, a veces sigue refunfuñando, solloza, o en días como hoy, por ejemplo, se quedó cocinando. Se nota que esperan gente. 
Mas tarde, entre sueños, se cuelan por la ventana de mi habitación muchas voces. Llegó mi tía. Conversan del perro, siempre es el primer tema del que hablan. Minutos mas tarde escucho que suena el portón, entra una moto y escucho risas y gritos graciosos, es mi hermano con su novia y el perro les salta, siempre recibe así a las visitas queridas y a ella parece que le tomó un cariño especial. 
Entran a casa, saludan, se dicen lo lindas que están y comentan cosas habladas durante la semana. Ponen la mesa, y mientras esperan la comida, que ya está, mi hermano pregunta por mí. Mamá le dice que estoy en mi cuarto, viene hasta acá, toca la puerta y no le atiendo, cree que estoy durmiendo. A los lejos, escucho que comenta que no paso porque siempre pongo llave, pero esta vez no, hoy no puse llave, pero él no lo sabe. 
Ahora, no tan lejos, escucho la voz de mi mama que me llama. Otra vez, no contesto. Pasa un rato, siguen conversando, ahora es el turno de la tele. Que a propósito, odio cuando se mete la tele en las conversaciones. Vuelven a llamarme. Es hora de levantarme.