Hay
días en los que pienso que no debería pensar más en días como hoy. El encanto
del domingo, apesta.
Cada fin de semana es igual,
mientras mamá se levanta temprano a arreglar la casa para que esté en
condiciones de recibir visitas, yo duermo hasta tarde. Papá toma mates y
mientras desayunan juntos, ella té o café en el invierno, "conversan de
sus cosas", a veces se caldea el asunto, porque tocan temas que a uno de
los dos no les gusta. (Yo creo que lo hacen de gusto para no aburrirse y
entonces, buscan motivos para disgustarse). Cuando eso pasa, los levantes de
voz logran despertarme pero yo sigo durmiendo.
Luego, papá enojado sale de la
cocina y camina por la casa encontrando motivos para no volver a cruzar a mamá
hasta el almuerzo. Ella se queda en la cocina, a veces sigue refunfuñando,
solloza, o en días como hoy, por ejemplo, se quedó cocinando. Se nota que
esperan gente.
Mas tarde, entre sueños, se
cuelan por la ventana de mi habitación muchas voces. Llegó mi tía. Conversan
del perro, siempre es el primer tema del que hablan. Minutos mas
tarde escucho que suena el portón, entra una moto y escucho risas y gritos
graciosos, es mi hermano con su novia y el perro les salta, siempre recibe así a
las visitas queridas y a ella parece que le tomó un cariño especial.
Entran a casa, saludan, se
dicen lo lindas que están y comentan cosas habladas durante la semana. Ponen la
mesa, y mientras esperan la comida, que ya está, mi hermano pregunta por mí.
Mamá le dice que estoy en mi cuarto, viene hasta acá, toca la puerta y no le
atiendo, cree que estoy durmiendo. A los lejos, escucho que comenta que no paso
porque siempre pongo llave, pero esta vez no, hoy no puse llave, pero él no lo
sabe.
Ahora, no tan lejos, escucho
la voz de mi mama que me llama. Otra vez, no contesto. Pasa un rato, siguen
conversando, ahora es el turno de la tele. Que a propósito, odio cuando se mete
la tele en las conversaciones. Vuelven a llamarme. Es hora de
levantarme.
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